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Pocas palabras, muchos pensamientos

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Por Jhon J. Trillos

Soy un hombre de pocas palabras en todos los contextos en los que me muevo, sea el trabajo, la iglesia, aun en mi casa con mi familia. Siempre me ha costado expresar con palabras lo que siento y en ocasiones creo que es un regalo, porque eso me ha permitido callar en momentos en los que lo correcto es callar o pensar mejor antes de decir cualquier cosa. Soy de pocas palabras, pero de muchos pensamientos. A veces siento que mi cabeza va a mil por hora y también creo que eso es algo bueno porque me permite analizar muy bien todas mis situaciones y tomar decisiones más acertadas. 

La cosa es que, a pesar de lo que yo pienso, no siempre lo correcto es callar y no siempre es bueno pensar todo en exceso. Mis padres, a quienes les debo mucho, son pastores misioneros de una iglesia en San José del Guaviare. Hicieron todo lo que pudieron para que yo conociera a Dios y me relacionara con Él. Me enseñaron bien. Y aunque mucho de eso quedó sembrado en mi corazón y hoy puedo ver el fruto, no fue algo inmediato. Mi cabeza súper pensante cuestionaba todo lo que pasaba a mi alrededor y quería entenderlo todo. Eso hizo que me alejara de Dios y de todo lo que me habían enseñado. No tengo que decirles que fueron tiempos realmente difíciles; yo era aún muy jóven y cometí muchos errores que hasta el día de hoy me pasan factura. Soy afortunado porque no tuvo que pasar mucho tiempo para entender que, aunque quisiera saberlo todo, no quería mi vida lejos de Dios. 

Retomé mi camino y me congregué durante años en una comunidad donde aprendí mucho y sentía que todo estaba en orden, hasta que no lo estuvo. Durante ese tiempo me casé y he descubierto que, aunque no me guste, en ocasiones tengo que abrir mi corazón y decir lo que pienso, y en otras debo actuar en fe, aunque en mi cabeza no cuadre nada. Han venido varias crisis. En todas, he querido encerrarme en mi propio mundo y esperar a que todo pase, al contrario de mi esposa que es una mujer extraordinaria que dice lo que piensa y tiene una fe realmente impresionante. Dios la usó para traernos a Ekklesia, y siendo un hombre de poca fe, les confieso que era la última oportunidad que les daba a “las iglesias”; así mismo, siendo un hombre de pocas palabras, tengo que decir que ha sido un regalo. 

Rodeado de personas únicas y de todo tipo, he aprendido que Dios quiere que me relacione con otros; que la vida es un balance y que Dios quiere que calle cuando hay que callar, pero que hable cuando debo hablar; que solo no puedo. He aprendido a confiar en las personas, y más importante que cualquier cosa, que no importa cómo tenga organizados mis planes en mi cabeza, los planes de Dios son mejores que los míos y Él quiere ver que sí dependo exclusivamente de Él, a través de mi fe. Hoy le doy gracias por este lugar al que llamo mi segundo hogar, porque estar aquí ha cambiado mi vida para bien. Hoy tengo personas maravillosas con quienes compartir y he encontrado mi propósito y camino en mi llamado. Hoy, a pesar de mí, y de mi deseo de tener siempre el control, Él lo tiene y eso está bien.

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