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No nací para soñar

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Por María Alejandra Díaz

No nací para soñar. Qué afirmación tan desoladora, pero cierta, o al menos así fue por mucho tiempo. Me negué a mi misma la posibilidad de tener sueños y anhelos; algo terrible para alguien que como yo, es una soñadora innata. Sueño despierta, dormida, en la ducha, en el carro, viendo una película y posiblemente esté soñando en este mismo instante pero intento concentrarme en lo que les quiero contar.

Sentía miedo de soñar, mirar hacía adelante, proyectarme y tener metas. Recuerdo mucho una frase de una prédica de mi pastor en la que él decía: “vivir en el pasado nos produce depresión y vivir en futuro nos produce ansiedad”, esa era yo enmarcada en esa frase; viviendo nostálgicamente con el pensamiento de que el pasado fue mejor y que el futuro es incierto, por ende, vivía llena de ansiedad y angustia, así que me prohibí soñar, mirar hacia adelante sin fijarme metas y ¿por qué?, por el profundo miedo a que esos sueños no se cumplieran y terminará desilusionada, al final esto era un mecanismo de defensa para protegerme. Ese temor lo disfrazaba con las frases: “cada día trae su afán” o “Dios tiene el control” y si, claro que cada día trae su afán y Dios tiene el control de todo, pero no eran una excusa válida para no soñar. Este miedo se volvió algo tan profundo que empecé a negarme a tener sueños, a convencerme de que lo que en algún momento soñé no era lo que yo quería, entonces, si no se cumplía, decía: “pues al fin y al cabo ni lo quería”.

Me privé por mucho tiempo de hacer caso a los anhelos que Dios ponía en mi corazón, pensando que eran míos y que no se iban a cumplir; quede sin rumbo fijo, tomaba decisiones no para que me llevaran a algún lugar, si no porque era lo más conveniente en el momento, mejor dicho, yo iba dejando que la corriente me llevara a donde el río quisiera y no a donde yo quería ir verdaderamente.

Empecé a evadir las preguntas difíciles, como: ¿quieres casarte?, ¿quieres tener hijos?, ¿quieres estudiar?, ¿de qué vas a vivir mañana?, preguntas que no quería responder porque sentía que no podía resolver.

Supongo que ya saben a dónde voy, pero, ¿qué cambió?, bueno pues cumplí 30, una edad que te pone a reflexionar, que te hace mirar para atrás y ver a dónde has llegado y que has logrado, así que cuando lo hice me sentí feliz, vi cómo casi ninguno de mis sueños para cuando tuviera 30 se cumplieron, pero en realidad estaba en un mejor lugar y sintiéndome plena y exitosa. Que ironía, pero en realidad la vida me llevó a replantear el verdadero significado del éxito, entender que se trataba de estar en el centro de la voluntad de Dios, no en títulos o posiciones. Por algún motivo, ese día se fue el miedo a mirar hacía adelante, a ver que Dios verdaderamente tiene un plan para mi vida; saben qué, voy a confesarles, SÍ me quiero casar, SÍ quiero tener hijos, SÍ quiero una casa y 3 perros y NO, no tengo miedo a ser defraudada, entendí que Dios pone esos sueños en mi corazón y habrá un tiempo para cada uno de ellos.

Entendí que los sueños nos permiten ver el amor y el poder de Dios, que se vale soñar, y ojalá lo imposible para ver la manifestación del Dios de lo imposible, así que sueña, sueña en grande, sueña tanto que te dé miedo, para así saber que lo necesitas a ÉL, y cuando ese sueño se cumpla, verás que solo ÉL lo pudo hacer realidad.

Ahora, volví a soñar a toda hora y en todo lugar, en este mismo instante estoy soñando con que quiero escribir un libro, y esta es tan solo la segunda vez que me atrevo a escribir en mi vida, pero no importa. Voy a seguir soñando y voy a dejar que ÉL haga cada uno de esos sueños realidad.

Nos vemos en una próxima.

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