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No quiero ir a la iglesia

Un poco más cerca
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Por Esteban Angel

Ya me habrán visto saltando por ahí o robando cámara. Soy hijo de una familia sencilla y el menor de cuatro hermanos. Primero fui un dolor de estómago; luego, el doctor felicitó a mis padres por el ‘nuevo bebé’. He cantado el ‘cumpleaños feliz’ en 21 oportunidades y en diferentes tonalidades. La cabeza la tengo en las nubes y por eso hasta ahora les cuento que mi nombre es Esteban. Disculpas.

Crecí en un hogar cristiano. Aprendí de la fe, rellené cartillas y memoricé canciones. Pintaba las historias que encontraba en La Biblia y hasta jugaba a ‘la iglesia’ encima de una mesa. Lo que para muchos puede ser algo extraño, para mí era la normalidad absoluta. Mis juguetes favoritos, una patineta de madera y un micrófono de icopor. Ambos, papá los fabricó con sus propias manos.

La rutina del domingo la aprendí fácilmente. Sabía cómo comportarme dentro del ecosistema, me apropié del lenguaje y las costumbres. Me enseñaron que tenía que «ser diferente» y nunca entendí bien de qué se trataba; pero, siempre me sentí fuera de lugar en otros contextos que no se asemejaran al de las mañanas dominicales. Nunca pondré en saco roto todo lo que recibí, nada en la vida es perfecto; de todo se aprende y por todo se agradece. Pero, estaba pasmado y atrapado en un ideal de perfección insostenible.

Pasó el tiempo y el ritmo de la vida cambió. Luego de vivir en la misma esquina durante años, di algunos pasos para conocer otro tipo de personas y accedí al contraste. Por primera vez, me sacaba los audífonos para apreciar el sonido de nuevas historias. Ese «ser diferente» empezó a encogerse con las lavadas, trataba de mantener mi conducta ‘intachable’ con una camisa de fuerza de mala calidad.

Me avergoncé de Jesús y lo negué más de 3 veces cuando el mundo hostil me apuntaba a la cabeza. Los nuevos inquilinos del corazón y la mente llegaron a nombre de la inseguridad y el miedo. Me destruí encerrado en la habitación y al mismo tiempo trataba de cantar con dirección al cielo. Tomé muchos Transmilenios equivocados, pero la mayoría de veces me perdí a voluntad. Visité varias esquinas sin saber a dónde iba. No usé corbata, pero sí una máscara.

Esta no es la crónica del antes y el después, es la historia del ahora; porque no hay nada terminado. Les aseguro que no conocía a Dios. Solo sabía reglas y mi interpretación de los sermones que escuchaba era un gran «no hagas». Llegué al ‘lugar perfecto para gente imperfecta’ con mucha precaución. Venía simplemente como un espectador, como un invitado. Estaba quebrado y sin norte; pero no quería que nadie conociera la parte oscura de mi vida. Fue difícil mantener esa decisión cuando tantos brazos me acogieron como un hijo deseado. Me vi atrapado en un amor real, conociendo gente tan rota como yo. Humanos incompletos, pero con brillo en sus ojos; sinceros, cálidos y dispuestos a servir a los demás. Pude hablar con honestidad, mostrar mis heridas y ser escuchado sin prejuicios. No querían cambiarme, solo me amaron y creyeron en mí cuando ni siquiera yo mismo lo hacía.

No quiero ir a la iglesia, porque no es un punto en el mapa. A Dios se le puede encontrar en todas las calles y carreras. Su amor se puede percibir en una sonrisa, en un café, en una mano que socorre; en las acciones sencillas y humildes que hablan más fuerte que el ruido de la acusación y el señalamiento. La ‘Ekklesia’ son muchos lugares, muchas familias; muchas mesas con comida pa’ todos, con buenas historias y lazos irrompibles.

Sigo siendo un espectador, pero me han cogido con las manos en la masa y por un montón de años más.

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